sábado, 17 de noviembre de 2012

LIFE

Me encanta pasear despacio, sin rumbo. Me encanta porque es así como me doy cuenta de toda la belleza que me rodea.

La calle llena de gente. Los mismos músicos de siempre, en el mismo lugar, a la misma hora, tocando esa canción que me encanta escuchar cada vez que paseo. Unos tocan el acordeón, otros el saxofón, otros el violín... Otros incluso hacen pompas gigantes de jabón mientras suena una música francesa de fondo que me traslada a las calles parisinas.

Paseo sin rumbo, sin prisa. Descubriendo a cada paso toda la belleza que me rodea, descubriendo que es así como se disfruta de la vida. Que a veces, para ser feliz solo tienes que pararte... Pararte y observar. Pararte y descubrir los pequeños detalles que me hacen sonreír.

Eso, para mí, se llama felicidad. Disfrutar de unos momentos de serenidad, de unos instantes de calma. Y es que lo bonito que tiene la vida es que cuando decides parar un momento te das cuenta de que los pequeños detalles son los importantes. Me doy cuenta de que la calle por la que paso todos los días es más bonita. Que el músico que toca la misma canción que ayer, la toca mejor. Y que mirar cómo los niños intentan romper pompas de jabón gigantes mientras suena una preciosa canción en francés, es un cuadro que hace sonreír a cualquiera.

No encontraba la felicidad en ningún lado. Es más, pensaba que jamás la encontraría. Pero hoy, después de mucho tiempo, me he dado cuenta que cuando vas sin rumbo, encuentras lo que realmente quieres encontrar. Que cuando vas despacio, te das cuenta de lo rápido que va la vida. Que cuando quieras ser feliz, solo tienes que observar lo que te rodea.



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