Recuerdo el primer momento. Aquel en el que nuestros ojos se cruzaron por primera vez. Bueno, ojos no, más bien miradas. Sobre todo la tuya… la que me capturó en aquel momento y nunca más me ha vuelto a soltar. No sé si porque tú no quieres o porque yo veo imposible separarme de ti. Olvidarte.
Nunca creí en las historias con las que todos soñamos, porque son eso mismo: sueños. Ese gesto de repente que hace que comience algo mágico, esas palabras o ese perfume. En mi cuento fue tu mirada. Firme, directa, sin miedo. Sí que afirmo que cuando me miras, no hace falta ni una palabra más.
Ahora sueño. Con encontrarte, con que me busques entre tanta gente. Sueño con que me cojas la mano, tan dulce como tú sabes, acariciándomela sin que nadie de alrededor se entere. Solo tú y yo. Solo sentimos nosotros y solo para nosotros gira el mundo. Entonces respiro por no ahogarme, porque tú… porque tú cortas mi respiración.
¿No te quieres quedar un poco más? Hablas, sin decir nada. Tus ojos… te delatan. Sí, lo dicen todo.
Ya sabes, aunque no sea capaz de decírtelo, que me quedaría contigo siempre. Dejaría que me abrazaras, que me sedujeras con tus tiernos besos, que tu perfume me embriagara… podría estar sin cruzar una palabra el tiempo necesario, pero no sin sentirte cerca porque eso es lo que me hace sentir, brillar.
Cambiaste todo lo que he sido. Todo lo que quería ser. Esas reglas que me puse a mí misma, y me prometí cumplirlas están rotas. Porque tú, tú, has hecho que todo desaparezca. No me acuerdo, o no me quiero acordar, de lo que le prometí a mi corazón, aunque todavía hay algo en mí que me grita: cuidado. Y lo tengo. No me precipito, aunque contigo sea casi imposible.
Déjame marcar el ritmo, porque es fácil ir al tuyo, pero no es seguro. Deja que no me arrepienta de nada… Pero no dejes de mirarme. Y es que eso de que la mirada a veces mata, es un cuento que alguien que no lo ha sentido ha contado sin más, porque hay miradas que no matan, no, todo lo contrario… dan la vida.
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